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En París, nos dispararon a todos

Manu Montero  |  08 de Enero de 2015 (23:09 h.)
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Trataba de escribir un artículo sobre aspectos del comportamiento del ser humano cuando diferentes medios de comunicación comenzaron a difundir la noticia de la barbarie ocurrida en París. Doce seres humanos a los que, de manera premeditada y alevosa, unos individuos (me ahorraré cualquier adjetivo aunque unos cuantos se alojan en mi mente en estos instantes), les arrebatan la vida a tiros, supuestamente porque en el ejercicio de su actividad de comunicadores y librepensadores transgredieron, no se bien que mandamiento del Islam que considera blasfemo dibujar a su profeta Mahoma.

Una vez más, el fanatismo y la intransigencia son los detonantes para que unos “iluminados” se conviertan en ejecutores de “sentencias” que otros “iluminados” dictan para sus seguidores y también para los que no lo son.

No es un caso aislado, en modo alguno. A lo largo de la historia podemos constatar el como las religiones han sido utilizadas para someter a las sociedades considerando herejes a unos, blasfemos a otros, infieles a los demás, con diferentes consecuencias, dramáticas casi siempre, que han costado millones de vidas en nombre de un Ser Supremo que, en el supuesto de “darse una vuelta” entre nosotros es mas que probable que se volviese a morir asqueado de las interpretaciones de lo que pudieron haber sido sus enseñanzas a sus fieles seguidores.

Quienes luchamos y defendemos cada día el derecho a la LIBERTAD, sea de expresión, pensamiento y/o comportamiento, defendemos también el derecho de los islamistas, católicos, protestantes, los de izquierdas, derechas, blancos, negros, seguidores del Depor, del Celta…

Aunque muchos no practiquemos religión alguna, no quemamos iglesias ni mezquitas.

La tolerancia es nuestra esencia que solo tiene un límite: la violencia y quienes la proponen o ejecutan sembrando el terror, tratando de imponer creencias, modos y costumbres, decidiendo en no pocos casos, quien o quienes deben pagar con la vida un modo diferente de contemplar la existencia del ser humano.

Me indigno, ¿Qué más puedo hacer? Contengo mi ira, legítima en estos instantes, me solidarizo con las familias de las víctimas y me aferro a lo utópico de que la diferencia de ideas reporta un bien para la humanidad en la medida en que una parte no intente imponer las suyas por la fuerza del terror.