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ELEGÍACA SEMBLANZA DEL DR. D. JOSÉ LUÍS MARÍ SOLERA, LICHO. Por Antonio José Parafita Fraga, escritor y comentarista de temas sociales y políticos.

Expresión de reconocimiento y gratitud al polifacético y egregio maestro del lirismo vital, con motivo del primer aniversario de su fallecimiento

Antonio José Parafita Fraga  |  20 de Febrero de 2015 (22:57 h.)
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Del blog VERBO SUELTO, de Antonio José Parafita Fraga, escritor y comentarista de temas sociales y políticos

 

Dr. D. José Luís Marí Solera

El género y el subgénero elegíaco, tanto en la poesía lírica como en la literatura periodística o en el periodismo literario, tienen un contexto expresivo especial y propio, que viene a ser el complejo mundo de los sentimientos, emociones y sensaciones, y ello es debido a las intensas sacudidas que se producen en el corazón de las personas y a las grandes turbaciones inducidas en sus almas, como consecuencia de hechos, casi siempre inesperados, que causan profundo dolor y tristeza, como ocurre en el caso de la muerte  de una persona allegada, y que alteran sensiblemente los estados de ánimo. En tal situación anímica, se encuentra el autor de esta glosa de carácter biográfico. Y de ahí que haya optado por hablar de este entrañable amigo fallecido, más en términos elegíacos que en los de una simple y fría nota necrológica, dado que esta última no aquietaría suficientemente la emotividad alterada por el luctuoso hecho de la prematura muerte del inolvidable Licho.

Se aporta una breve e ilustrativa referencia histórico diacrónica de la elegía latina, aseverando que ésta surge o surgió como un género poético intermedio entre la épica y las distintas formas de lírica . Si bien, dentro de la lírica se señalaba un subgénero que tuvo una especial significación en Roma, que justamente era la elegía. La elegía venía a ser un canto de lamentación ante los restos del difunto y la acogida favorable de los dioses que reciben votos. En la épica, el poeta canta en tercera persona y su propia personalidad desaparece detrás de la figura del héroe. 

El poeta lírico, al contrario, expresa su sentimiento interior. En este tipo o género de composición poética,  el rapsoda se deja traslucir a través de sus versos pero su interés es representar los hechos antes que sus sentimientos. En la elegía romana se añade una nota nueva que no tenía la griega: la tristeza y el dolor. Se identifica con la poesía del amor, pero de un amor concreto y real, donde se funden el amor y la poesía, siendo la amada la compañera en la vida y la musa inspiradora en el arte, frente a la elegía griega que abarca, además de los sentimentales, otros muchos temas: mitológico, guerrero, político y filosófico.

Y el Dr. Marí Solera, merece esta sentida elegía como  la expresión más profunda de la pena y angustia que embargan hasta la aflicción el interior de quien está escribiendo con mucho afecto e indescriptible admiración. El enorme golpe recibido por el deceso de Licho rompe la empática cercanía física, que surgió no sólo de un largo recorrido vital de experiencias participadas y compartidas, sino también de la singular, cálida y recíproca capacidad de sintonía entre ambos. En última instancia, este género literario de la elegía expresa mejor y con más fuerza los desgarros y las tristezas del alma de las personas que sentimos y lloramos apenadas la ausencia de un ser humano tan entrañable y querido como José Luís. 

José Luís Marí Solera, Licho, cumplió hace un año con su último e inexcusable deber de presentarse en la dimensión de la paz, del reposo y de la justicia por imperativos del indescifrable misterio de su destino, el día 18 Febrero de 2014, a las 22 horas, rodeado de su familia y amigos. Pero fue previsor y, por eso, dejó, nos dejó, a todos cuantos tuvimos la dicha de conocerle y  tratarle el maravilloso legado de su amistad y de los muchos y buenos recuerdos. Por otra parte, resultaría prolijo enumerar las cualidades que jalonaron su vida familiar, profesional y social, por ser muy intensa y fértil en manifestaciones de cariño, honestidad e inquebrantables muestras de lealtad.

Pero, en el caso concreto del Dr. Marí Solera, la vivencia de su  tránsito dejó transidos de dolor los corazones de aquellos que hemos compartido una parte importante de la vida con este extraordinario ser humano,  al tiempo que desconsoladas, tristes, apenadas y llenas de melancolía nuestras almas. No obstante, y a buen seguro, que cada uno guarda un mar de buenos recuerdos personales de este singular personaje, por lo que se sigue manteniendo viva y operante su presencia entre nosotros, aun cuando el viaje emprendido, haya sido el último y, además, sin la esperanza del retorno físico a la forma de existencia corpórea anterior.   

Los familiares, amigos, conocidos y vecinos de Pedra-Recesende-Teo, han tenido la posibilidad de rendirle y/o  tributarle un más que merecido homenaje en vida el día 15-02-14 en el Restaurante Don Quijote, de Santiago de  Compostela, en cuyo emotivo acto han pronunciado sentidas palabras, entre otros, D. Elisardo Temperán, canciller del arzobispado y canónigo-maestro de ceremonias-de la Catedral compostelana, quien, además, ostentaba la representación del Sr. Arzobispo, monseñor D. Julián Barrio Barrio. De él cabe destacar asimismo su especial fuerza de voluntad y su tesón, como se puso de manifiesto, sacando fuerzas de flaqueza, el día 14-02-2014, al participar  en el que sería su último programa de Trobeiros de Compostela, de CorreoTV- Grupo Correo Gallego, cuatro días antes de morir.

En dicho programa, mostró su agradecimiento al Arzobispo, D. Julián Barrio y a los canónigos, D. Elisardo Temperán y  D. Daniel Lorenzo, pronunciando también unas palabras muy emocionadas en defensa del Apóstol, la Catedral, el Camino de Santiago y de los grandes valores del humanismo cristiano. En definitiva, hemos tenido la oportunidad de honrarle y compartir con él los últimos momentos de su vida, sumergiéndonos en las profundidades esotéricas del complejo misterio del existir humano, para encontrarse con las realidades universales de: la vida, la muerte y el apartamiento físico de los seres queridos. Es de significar que tal separación implica un tránsito o paso de una dimensión a otra, que, por naturaleza, casi siempre resulta un tanto traumática para los deudos.

Al respecto, cabe realizar lo que, según el psicólogo y psiquiatra ginebrino Flournoy, constituye un verdadero ejercicio de intropía, que viene a ser un tipo de comunicación afectiva que permite la identificación con otras personas, familiares y/o amigos trascendidos, experimentando sus sentimientos. En  todo caso, se trata de que tanto el familiar como el amigo de José Luís se pueda acercar a un arquetipo de sentida elegía y a la semblanza de una persona entrañable, que, cuando se va, deja tan sumidos en una honda tristeza a los deudos, que despierta en ellos la necesidad de homenajear y recordar a quien se ha ido a la dimensión extracorpórea, trascendente y espiritual de su ser. 

Su muerte y tránsito, embargó de tristeza el corazón de sus hijas Davinia y Greta, así como el del resto de familiares, allegados, vecinos, compañeros de trabajo y conocidos en general. El penoso suceso, hizo estremecer de abatimiento, dolor y angustia las entrañas de todos cuantos hemos vivido y convivido física y afectivamente muy cerca de Licho, dejando impresa en el alma de cada uno la impronta o huella de múltiples y variados recuerdos perdurables e indelebles. 

Es de señalar que los buenos recuerdos dejados, constituyen la nítida foto de su perfil humano y la descripción perfecta de su talla profesional y moral, también de su talante. Por mor de la impactante ejemplaridad de su vida, todos seguimos percibiendo la permanente cercanía de este amigo del alma, porque los hombres del talante, categoría y estilo de José Luís, no mueren del todo y para siempre, sino que perviven a través de los recuerdos, trascendiendo las realidades físicas de espacio y tiempo. Tales recuerdos son un precioso bien patrimonial, indestructible y  sempiterno, legado a la posteridad por el homenajeado, nuestro maravilloso amigo y admirable vecino. 

Si fuera verdad, como lo es, que sólo mueren del todo y para siempre, quienes no fueron o no son capaces de perpetuarse a sí mismos a través de buenos e imborrables recuerdos, nos encontraríamos todos los que tuvimos la dicha de disfrutar de la proximidad relacional de Licho, ante un ser humano tan extraordinario y excepcional que ha logrado todo lo contrario, habida cuenta de que dejó nuestras vidas impregnadas de tantas e intensas remembranzas y evocaciones, que contienen en sí mismas la virtualidad y la mágica y misteriosa fuerza de mantener viva la corriente afectiva que nos unía con él y, en consecuencia, de perpetuar su presencia entre nosotros. Por lo que su muerte no fue total o plena.

Asimismo, hay que poner de manifiesto y resaltar que en el corazón de todos nosotros está vigorosamente presente su entusiástico espíritu y el ejemplar empeño personal por lograr objetivos y alcanzar metas, de suerte que en los remansados rincones de nuestras almas se pueden percibir infinitas y energéticas partículas de los rasgos característicos de esta singular criatura, cuya carta de presentación, por lo demás, fue en todo momento una  permanente actitud de servicio a los demás. 

Digno de todo encomio, fue igualmente el acentuado sentido de reconocimiento y gratitud hacia aquellos que le distinguieron con la lealtad y la confianza en su persona. Muchos, pueden o podemos testimoniar que no nos hemos sentido defraudados ni por su responsable y ejemplar modo de desempeñar los distintos cargos que tuvo encomendados ni por su amistad. También puede aseverarse que la coherencia y la fidelidad a sus principios fueron la tónica dominante en el diario actuar de este polifacético y prolífico personaje. 

No le gustaba a este gentilhombre echar pulsos, ya que ese no era su estilo ni su talente. Fue el paradigma de un auténtico gentleman gallego y universal, porque siempre se mostraba de un modo afable y cordial en las relaciones interpersonales. Pero la descripción de su personalidad, no estaría completa si se dejase de resaltar que fue un hombre muy positivo y práctico a la hora de buscar soluciones a determinados problemas, fomentando el diálogo como medio de lograr acuerdos y entendimientos, por lo que no es de extrañar que una persona tan conciliadora dejase su huella en los diferentes ámbitos en que se desarrolló su vida. Es lógico, pues, que sea muy grande el vacío que se acusa en los corazones y en las almas de quienes le conocimos y tratamos. Por lo que resulta comprensible que éstas también le lloren.

A propósito de todo lo apuntado,  y mucho más, el autor de esta elegía, no pudo ni quiso dejar de lado, al escribir la presente semblanza, el profundo conocimiento, que, afortunadamente, tuvo de José Luís, Licho, por haber gozado del enorme privilegio de haber tenido  la oportunidad, la dicha y el honor de estar cerca de él, circunstancia que permitió a este escritor amigo aproximarse al verdadero y auténtico perfil humano, familiar, profesional y moral de este entrañable e inolvidable médico humanista, profesor edificante y virtuoso,  jaruleiro fundador, catedrático de amistades correspondidas y poeta de amaneceres y crepúsculos de la propia vida. 

Pero como el verdadero trasunto de esta elegíaca semblanza, son los sentimientos, las melancolías y nostalgias del alma por el fallecimiento de un ser humano admirable y sublimado por la grandeza de su intensa trayectoria vital, se traen a colación algunas de las coplas de don Jorge Manrique por la muerte de su padre, reproducidas en su literalidad en el castellano del siglo XV: “Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas  cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar”. Asimismo, y en este contexto, merece ser mencionada y traída a la memoria del dilecto lector, aquella sentida Elegía que escribió, con profundo dolor, Miguel Hernández, a su fallecido amigo, Ramón Sijé, seudónimo artístico del ensayista y abogado, José Ramón Marín Gutiérrez.

Don Jorge Manrique, en una de sus coplas, dice lo que sigue: “partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos, descansamos”. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, qu´es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos”. 

En esta otra, dice “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Pues si vemos lo presente cómo en un punto s´es ido e acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo non venido por passado. Non se engañe nadi, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, pues que todo ha de passar por tal manera”. 

Y sobre el devenir de la vida, y para iluminar las recónditas y sombrías zonas de nuestra existencia, podemos recordar también aquella glosa de Antonio Machado: “nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir. ¡Gran cantar! Entre los poetas míos tiene Manrique un altar. Dulce goce de vivir: mala ciencia del pasar, ciego huir a la mar. Tras el pavor del morir está el placer de llegar. ¡Gran placer! mas ¿y el horror de volver? ¡Gran pesar!”.

A modo de síntesis conclusiva, es de subrayar que el amor, el esfuerzo y la esperanza fueron una constante en los diversos quehaceres de la vida de Licho, así como también lo fueron la tenacidad, la autoestima y confianza en si mismo y en los demás, pero al autor de esta semblanza  le parece que la lealtad fue realmente la actitud que constituyó la nota característica más destacable  y significativa de su vida profesional, familiar y social. 

Nunca perdió de vista que las ilusiones y el entusiasmo debían de  constituir motivaciones esenciales para emprender y poner en marcha cualquier proyecto humano y para vencer aquellos obstáculos que habitualmente tratan de dificultarlo o impedirlo. De sobras es conocido el empeño, la tenacidad y la dedicación de este ilustre personaje para que las obras emprendidas culminasen con el éxito, y aunque no haya sido así en todas las ocasiones, sin embargo es rigurosamente cierto  que las personas con las que compartía la vida, experimentaron y lograron un importante y equilibrado crecimiento y desarrollo en muchos de sus aspectos y dimensiones a consecuencia de la mistérica y mágica influencia  de su modélico y recto proceder en los quehaceres cotidianos. 

Se preocupaba de que todos se encontrasen a gusto, siendo éste otro de sus objetivos irrenunciables. En todo momento, trabajó afanosamente por aglutinar sensibilidades, conciliar intereses y voluntades, limar asperezas y aunar esfuerzos, para que los lugares de trabajo compartido fueran a la vez escenarios de encuentro en el respeto, la tolerancia  y el generoso y solidario altruismo. En definitiva, a través de esta especial dedicatoria de corte elegíaco, y a modo de merecido homenaje, se ha pretendido poner en valor y destacar el hecho de que José Luís Marí Solera, Licho, fue un verdadero dechado de virtudes humanas cívico/sociales y religioso/morales.

Por todo ello, le ofrecemos el más cálido de los reconocimientos, recordándole con cariño y honrando respetuosamente su memoria, para que quienes todavía estamos en el reino de los mortales, podamos mantener viva y operante su presencia entre nosotros, a la vez que le pedimos como embajador celestial nuestro, que lo es sin lugar a dudas, ayuda para sobrellevar las penurias del cotidiano existir y para dulcificar nuestras vidas con los suaves sones de la ocarina, los estimulantes sonidos de la gaita, las melodiosas entonaciones de diversas canciones y la cadenciosa interpretación de las mismas. 
 
 

Antonio José Parafita Fraga, escritor y comentarista de temas sociales y políticos.