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El gran fraude del sistema educativo

La supuesta democracia que rige la mayoría de los países no se sigue en las escuelas. Allí el niño no tiene ningún privilegio, se le niega el derecho a la libertad de expresión, a protestar cuando así lo crea necesario

José Carlos Andrade García  |  26 de Marzo de 2015 (12:28 h.)
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Es importante conocer los orígenes de la escuela, que se remontan a las primeras academias de Platón, lugares al aire libre donde se debatían propuestas y se reflexionaba libremente (la instrucción obligatoria era sólo para esclavos). La escuela moderna hace su aparición a mediados del siglo XVIII, al principio de la revolución industrial, con la finalidad de preparar a los niños para la vida laboral de las fábricas y hacer más eficaz el desarrollo industrial. Para ello los niños debían –como los adultos– acostumbrarse a las rutinas, a los horarios, a obedecer órdenes. La escuela era la respuesta ideal para los poderosos dueños de las fábricas. De hecho los mayores industriales del siglo XIX como Carnegie, J.P. Morgan, John Rockefeller y Henry Ford financiaron la escolarización obligatoria a través de sus fundaciones. La escuela era una herramienta eficaz para formar trabajadores útiles al sistema. El toque de sirena para entrar o salir, la formación de filas, la instrucción y el autoritarismo como modelo educativo, la división de edades, las clases obligatorias, los descansos de treinta minutos, el sistema de clasificaciones, de premios y castigos…, todo ello formaba parte de la metodología utilizada en las fábricas y en los cuarteles. Más adelante, a principios del siglo XX, fueron los sacerdotes y los políticos quienes sacaron tajada del enorme beneficio que representaban las escuelas para sus intereses, politizándolas o contaminándolas con teorías utópicas o de superioridad racial a fin de manipular las frágiles mentes de los jóvenes y facilitar determinados regímenes políticos y religiosos. Un perfecto caldo de cultivo que nos llevaría a dos guerras mundiales. Lo triste es que en pleno siglo XXI seguimos manteniendo los mismos principios educativos de la era industrial. Es como si este sistema académico se hubiera vuelto esquizofrénico, cerrándose al mundo exterior, a las nuevas ideas pedagógicas y científicas y a las nuevas tecnologías para seguir dando vueltas en un espacio absolutamente irreal. Por desgracia no hay mucha gente a favor de un profundo cambio en el paradigma educativo, empezando por los propios padres, que pocas veces ven con buenos ojos cualquier intento de cambio o renovación del sistema como la mezcla de niños de diferentes culturas y edades en una misma clase, la reducción de horas en la enseñanza, la disminución o desaparición de los deberes o la anexión de asignaturas novedosas como primeros auxilios, técnicas de reciclaje, horticultura ecológica, bricolaje, teatro, cortometraje, educación sexual o educación para la ciudadanía.

Si los adultos no sabemos lo mismo ni nos dedicamos a lo mismo ni nos interesa lo mismo, ¿por qué obligamos a los niños a saber lo mismo, sin importar los diferentes talentos o preferencias de cada uno? La respuesta es bien sencilla, siendo la escuela un simple centro de instrucción para niños y jóvenes, carece de la capacidad para atender sus verdaderas necesidades. La continua frustración y desmotivación del estudiante, además, afecta directamente a su capacidad intelectual, ya que el cerebro necesita –sobre todo a esa edad– la energía positiva del estímulo y el desafío para su correcto desarrollo. La desmotivación es para el cerebro lo que la inactividad para un músculo: se atrofia. O lo que es lo mismo: ralentiza o paraliza la formación de neuronas y el entrelazamiento sináptico. Desmotivados con la rutina reglamentaria que les embota la mente y el espíritu, aquellos que descargan su frustración son etiquetados como «víctimas» del Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Estos representan el 10% de los niños en las escuelas, siendo alarmantemente alto el número de aquellos a los que se les administra drogas como Ritalin –para hacerlos más fácilmente controlables.  

Desde siempre se ha dicho que la escuela es un lugar donde los niños pueden socializar, compartir inquietudes y aprender a relacionarse, pero la realidad nos dice todo lo contrario. Más que un centro educativo, la escuela es sobre todo un campo de batalla donde muchos niños pueden reproducir sin censuras el comportamiento disfuncional de los padres y dar rienda suelta a todas las tensiones reprimidas del hogar. Apabullados por el entorno, muchos otros niños optan por no participar en esta despiadada lucha de poderes, desvinculándose de los demás compañeros y encerrándose aún más en sí mismos. Llegados a la adolescencia no pocos jóvenes se habrán convertido en unos perfectos insociables gracias a la inconsciencia de sus padres y a este sistema antieducativo. A través del fracaso escolar –cada vez más alarmante–, los adolescentes nos están indicando claramente que este sistema no es mínimamente viable o productivo, ya que solo hace hincapié en la inteligencia lógica-matemática, desdeñando otras capacidades como la inteligencia creativa, espacial, cinestésica, mecánica, interpersonal, intrapersonal, musical, plástica, verbal, emocional, etc.. Es inconcebible que en plena era digital, rodeados por innumerables redes de Información, forcemos a nuestros jóvenes a seguir  remando en un barco de vela que hace aguas por los cuatro costados. Como ya dije anteriormente, el actual sistema educativo fue concebido en el siglo de la Ilustración y readaptado a las necesidades de la revolución industrial, una época y un entorno que nada tienen que ver con la sociedad actual. Cada fracaso escolar es a la vez un fracaso personal que produce una profunda desvalorización del que lo sufre, lo que conlleva una mayor probabilidad de padecer enfermedades psíquicas como la depresión crónica o conductas antisociales. Según datos de la Unesco, uno de cada cinco alumnos europeos fracasa en la escuela (en España uno de cada tres), lo cual es terrible para la sociedad. Un sistema académico que convierte en fracasados a una quinta parte de la juventud es cualquier cosa menos racional, ya que incide negativamente en la propia estructura social fomentando el malestar generalizado y el deterioro social. Es este rancio sistema académico quien ha fracasado rotundamente, y no el estudiante. No es de extrañar que cada vez más padres se decidan por la Educación Libre o Homeschooling (más de dos millones en EEUU). Educar a los hijos en casa o en el campo es para muchos la única opción verdaderamente educativa. Los niños desarrollan sin obstáculos su creatividad, su pasión por el conocimiento ya sea leyendo, pintando, danzando, haciendo deporte, componiendo música, etc. Cada vez más padres son conscientes de la nociva improductividad del sistema académico. 

 

 

La supuesta democracia que rige la mayoría de los países no se sigue en las escuelas. Allí el niño no tiene ningún privilegio, se le niega el derecho a la libertad de expresión, a protestar cuando así lo crea necesario. El niño no es más que un número, un valor: suficiente, sobresaliente o deficiente, un producto manufacturado listo para ser consumido por la sociedad. ¿Cómo vamos a fomentar la paz, la igualdad de derechos y la cooperación si desde las escuelas les negamos sus derechos más básicos? ¿Cómo van a convertirse en personas cívicas y responsables si les estamos enseñando un modelo de conducta autoritario, competitivo y discriminatorio? Cuando los niños dependen en todo momento de lo que los padres o maestros digan o manden, estos niños se convierten de mayores en personas sin iniciativa propia y dependientes crónicos de las autoridades políticas y religiosas como padres-profesores de reemplazo; aceptarán cualquier orden que reciban, incluso cualquier sugerencia, sin cuestionarla jamás, tal como hicieron tantos nazis en la segunda guerra mundial. (Cuántas veces hemos visto en televisión las imágenes de los juicios de Núremberg y a los altos cargos del partido nazi declarando a modo de justificación que sólo cumplían órdenes. Y en cierto modo no mentían.)

Es evidente que al sistema educativo sólo le importa el resultado, no el proceso. Pero el resultado no es más que la consecuencia del proceso. Si los niños no disfrutan con el proceso, el resultado no tiene sentido. Si para obtener la calificación exigida los niños se limitan a memorizar en vez de aprender, la enseñanza se convierte en antienseñanza. Si los niños son tratados como piezas válidas o defectuosas, si nada importan sus sentimientos ni su aportación creativa y todo su cometido es cumplir unas horas de reclusión y hacer lo que se les ordena para así obtener los resultados previstos, el sistema educativo se convierte en una fábrica de humanos disfuncionales, un simple proceso mecánico de producción en serie. ¿Tan difícil es entender que el deseo innato del niño por aprender desaparecerá en cuanto le obliguemos a «aprender»? ¿Que su espontaneidad y creatividad desaparecerán igualmente cuando, día tras día, le reprendamos o amenacemos por llorar, reír o decir lo que piensa? La escuela convencional parte de la idea de que el niño no es más que un objeto, un recipiente vacío que hay que ir llenándolo de manera ordenada y sistemática, cuando la realidad es que el niño nace ya completo, nada le falta ni le sobra, y no necesita que nadie le diga lo que tiene que aprender, sus dones y preferencias ya están fijados en su ADN. La misión del adulto, sea padre o maestro, no es imponer sino proponer. No es limitar ni manipular, sino facilitar el desarrollo de todas sus potencialidades.

Todos los niños son auténticos genios, poseen una enorme creatividad y una insaciable curiosidad por todo, y a diferencia de los adultos tienen la habilidad de no estancarse en una sola línea de pensamiento, siempre tienen la mente abierta.  Lo que un niño aprende en los siete primeros años de vida es más de lo que aprenderá a lo largo de toda su vida. Un bebé no necesita a nadie que le diga cómo poner una pierna y luego la otra, ni cómo debe hablar o reír. Él aprende por instinto, observando, imitando, y no le importa equivocarse una y mil veces. Más adelante aprende a correr, a saltar, a cantar, a bailar, a bromear… puede incluso aprender varios idiomas con más facilidad que un adulto. Pero todo ello se termina el día en que pisa la escuela y le prohibimos seguir aprendiendo por sí mismo. Así es como detenemos su propio avance, así es como matamos su creatividad y curiosidad innatas. Así es como lo deshumanizamos. Grandes logros conseguidos por él mismo como la espontaneidad de los sentimientos, la confianza, la honestidad y el buen humor dejan de tener valor en la escuela, de hecho tales logros son repetidamente censurados por los maestros, que sólo valoran un modelo antinatural de comportamiento basado en la obediencia y el miedo. Desde el momento en que pisa la escuela, el deber del niño consistirá en ir contra natura, en dejar de ser él mismo, en hacer exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora. Lo único importante que deberá aprender en esta nueva etapa es:

 

      1.  Trata de dar la impresión de que haces lo que te dicen.

      2.  Finge que lees y estudias.

      3. Para evitar castigos, nunca admitas un error (mejor culpa a los demás).

      4.  Intenta pasar desapercibido ante los maestros.

      5. Si no has hecho los deberes, ten siempre a mano una buena excusa.

      6.  Si tienes dudas, no preguntes.

      7.  Si no te sabes las preguntas del examen, copia.

      8. No digas la verdad, di siempre lo que los maestros quieren escuchar.

      9. Nunca llores ni muestres ningún indicio de debilidad, muestra tu lado más duro y disfraza tu miedo con la violencia.

     10. Si no quieres que te peguen, asóciate con los "matones", doblégate a ellos y ríete de los "débiles" para que no te confundan con ellos.    

 

Muchos adolescentes que abandonan o terminan la escuela poco tienen que ver con el niño honesto, curioso y ávido de conocimiento que entró. Tras su tediosa y frustrante experiencia con los maestros y los libros de texto, difícilmente sentirán la tentación de seguir formándose por su cuenta ni hojear un libro. Más bien tratarán de hacer todo aquello que con tanto celo le prohibieron: gritar, beber, escupir, ensuciar, destrozar, insultar, etc.

 

 

Ni siquiera el maestro disfruta de libertad a la hora de enseñar, ya que está obligado por el sistema –bajo pena de expulsión– a seguir una rutina reglamentaria que prohíbe otros modelos de enseñanza más acordes a las necesidades del niño. El maestro, que debería ser un ejemplo de honestidad, se convierte en un autómata parlante incapaz de comunicarse con sus alumnos (ahora abran el cuaderno, ahora no hablen, ahora cojan el boli, ahora subrayen, ahora pregunten, ahora salgan en fila…), repitiendo día tras día y año tras año el mismo programa curricular. Una buena parte de los maestros que actualmente enseñan en las escuelas simplemente se limitan a reproducir el mismo sistema educativo que recibieron, basado fundamentalmente en la autoridad, en la represión de los sentimientos. Por lo tanto no saben cómo gestionar sus emociones ante el alumno. Al no conocer ni vivenciar otros ambientes pedagógicos más avanzados como la enseñanza libre o activa, carecen del conocimiento y la habilidad para aplicar, o al menos respaldar, otros modelos educativos más acordes a los tiempos actuales. Siguen defendiendo con vehemencia el ruinoso sistema académico que tan bien conocen, y no porque les guste o lo hayan disfrutado sino simplemente porque asimilaron de sus padres y profesores que la educación es un sacrificio necesario, un mal menor que hay que pasar para ganarse la habichuelas y ascender en la jerarquía social (esto mismo puede aplicarse con cualquier ideología o sistema impuesto). Como están convencidos de que para educar hay que intimidar, imponer y castigar –porque es lo único que conocen–, la mayoría de los profesores no disfrutan de su trabajo o piensan que el disfrute y la armonía no forman parte de la enseñanza, que sin mano dura les perderán el respeto. Es importante entender que un maestro no es maestro por lo que sabe sino por lo que hace. No basta simplemente con acumular conocimientos teóricos, es fundamental realizar procesos de autoexploración que permitan desatar nudos emocionales y liberar traumas. Un maestro que no es feliz enseñando en realidad no está enseñando.

No pretendo culpar al sistema educativo de todos los males de la sociedad, es evidente que la inconsciencia de muchos padres también tiene que ver en el comportamiento disfuncional de tantos jóvenes. Ahora bien, si la escuela no es una oportunidad de cambio y progreso y sólo sirve para incidir aún más en la inconsciencia global, sirviendo de colofón, no habrá esperanza alguna para tantos adolescentes nacidos de familias disfuncionales. Cada ser humano es un universo, es inconcebible hacer del sistema educativo una especie de molde donde incrustar todas las mentes. Somos personas no máquinas, ¿tan difícil es hacer un pequeño esfuerzo imaginativo para idear un sistema educativo flexible, adaptado a las capacidades y cualidades de cada alumno? Es evidente que cuanto más forzamos a un niño a aprender, mayor es su desinterés y animadversión. Esta psicología elemental pocas veces es comprendida por la mayoría de los padres, ya sean analfabetos o licenciados en Harvard, pues llevados por la inercia de la cultura y la educación convencional, aceptan como un hecho común e inevitable lo que es fácilmente evitable. Seamos o no creyentes, muchos seguimos cargando en nuestras mentes con el concepto judeo-cristiano del masoquismo como purificación: de que las cosas sólo entran con dolor («quien bien te quiere te hace sufrir»), de que la vida es un valle de lágrimas o que el mundo verdadero está por llegar. El actual sistema educativo se construyó a partir de esta aberración. La mayoría de los jóvenes son chantajeados emocionalmente para memorizar durante años extensos y tediosos párrafos que rápidamente olvidan tras los exámenes, pues, lo que no se aprende con placer, la mente lo vomita rápidamente como un veneno. ¿Eso es educación? ¿Pero quién disfruta? Nada aprende quien no disfruta aprendiendo. Incluso las denominadas escuelas laicas están completamente influenciadas por la religión, por siglos de autoritarismo y represión a manos de militares y sacerdotes, ya que al niño se le exige –bajo amenaza de castigo– que no dude, que tenga fe en todo lo que se le dice y ordena. Así pues, los libros de texto son tomados como catecismos y no como herramientas formativas; el papel del profesor es el papel del sargento, del sacerdote, donde nada de lo que dice puede ser cuestionado; contradecirle es faltar a lo más sagrado, al establishment, a todo el sistema educativo. Semejante osadía sólo puede conllevar nefastas consecuencias al estudiante curioso e inconformista. Paradójicamente, aquello que nos hizo bajar de los árboles, aprender a caminar erguidos y a pensar: la duda y la curiosidad, será repetidamente reprobado por quienes deberían dar ejemplo y fomentarlo. 

Como sirvientes inconscientes del sistema establecido, muchos padres y maestros adiestran a los niños para que se repriman, para que sean obedientes, para que consuman, para que permanezcan sentados en clase durante horas, para que se lo coman todo y terminen los deberes por las buenas o por las malas. Dividen su mente para que él mismo se castigue, juzgue y limite su espontaneidad y energía. Le hacen ver que no le aman por lo que es sino por lo que debería ser, premiándolo si lo consigue. De manera que el niño aprende a luchar contra sí mismo, a quemar sus energías para convertirse en otro, en un personaje ideal, en un consumidor. ¿Cuántas personas deciden tener hijos con el sólo fin de darles la felicidad, de ayudarlos a realizarse por sí mismos? No me refiero a esos padres que sobreprotegen a sus niños para así compensar o encubrir un vacío afectivo y de confianza. Es evidente que la mayoría de los padres dan más prioridad al «deber» que a la felicidad, sin preguntarse jamás si ese deber al que ellos mismos se sometieron de pequeños es el adecuado para sus hijos (o fue el adecuado para ellos mismos). Somos los adultos quienes debemos aprender de los niños: de su espontaneidad, de su frescura, de su insaciable curiosidad y vitalidad, que la mayoría de nosotros perdimos. Lo mejor que podemos hacer por ellos es suministrarles los recursos necesarios para que puedan conservar esa vivacidad.

Ahí tenemos el ejemplo de Albert Einstein. En su época de estudiante era considerado un alumno muy mediocre; sólo destacaba en matemáticas. Su profesor, el Dr Joseph Degenhart, le dijo que «nunca conseguiría nada en la vida». No empezó a hablar hasta los tres años, lo hacía muy lentamente y muy bajito. Le costaba construir frases enteras. Sus padres pensaban que tenía algún tipo de retraso mental. El colegio no le motivaba, y aunque era muy bueno en matemáticas y física, no sentía ningún interés por las demás asignaturas, por lo que decidió abandonar el Gymnasium antes de obtener su título de bachiller. Tras suspender una prueba de acceso en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, el director del centro, impresionado por sus resultados en ciencias, se interesó por él, invitándole a sus clases y animándole a continuar sus estudios de bachiller y a obtener el título que le daría acceso directo al Politécnico. El hecho de que alguien confiara en él le motivó para seguir estudiando y aprendiendo. Fernando Alberca, autor del libro “Todos los niños pueden ser Einstein”, comenta que «Por primera vez sintió que le valoraban, que creían en él. ¡Sintió cariño! Más adelante, en otra escuela, un profesor de Historia hizo algo inaudito: pedirle opinión sobre las cosas. Eso lo motivó para creer más en sí mismo». El reconocimiento es el mejor regalo que le podemos hacer a un niño o a un adolescente, ya que así contribuyes a nutrir su propia autoestima, indispensable no sólo para su bienestar psíquico sino también para la propia supervivencia. «Siguiendo su intuición, usó el hemisferio derecho para resolver problemas del izquierdo. Visualizaba una solución y su esposa le ayudaba a formularla matemáticamente. Pero era el hemisferio derecho, el intuitivo y creativo, el que resolvía, no el izquierdo, el matemático. “El aprendizaje es experiencia, el resto información”,  dijo Einstein. “No aprendes cosas porque eres inteligente, aprender cosas te hace inteligente”». ¿Cuántos estudiantes desmotivados que abandonan sus estudios han privado a la humanidad de grandes descubrimientos que podrían haber salvado o mejorado la vida de millones de personas? ¿Cuán lejos habría llegado la humanidad si estos estudiantes hubieran sido escuchados y motivados desde niños?

Sugiero que la transformación del sistema educativo comience por los pupitres, cambiándose por mesas circulares y sillas móviles para un máximo de seis alumnos, para que así puedan rebatir sus dudas y trabajar coordinadamente frente a sus ordenadores. Habrá un mínimo de dos profesores por clase –de ambos sexos–, con amplios conocimientos de psicología, cuyas labores consistirán no tanto en recitar soliloquios como en alentar a los alumnos a tomar decisiones y a pensar por ellos mismos. La vieja pizarra será sustituida por una pantalla donde proyectar imágenes o documentales, dejarán de existir los deberes y se potenciarán las actividades al aire libre, donde los niños aprenderán jugando y descubriendo in situ los minerales y las  diferentes especies vegetales o animales del entorno. Este sistema educativo conocido como escuela libre o escuela activa no es nuevo. Su origen se remonta a principios del siglo XX gracias a la pedagogía progresista y la metodología activa que rápidamente se extendieron por toda Europa. Maestros e intelectuales de distintas orientaciones ideológicas como Claparède y Piaget, Georg Kerschensteine, María Montessori, Célestin Freinet, las Hermanas Agazzi, Andrés Manjón o Giner de los Ríos decidieron renovar los planteamientos educativos imperantes e instaurar un nuevo sistema basado en el reconocimiento y la aceptación de las diferencias individuales, procurando el desarrollo armónico de todas las capacidades del niño y fomentando la creatividad, la cooperación y la libre expresión. Por desgracia, el auge de los totalitarismos en la década de los años 30 supuso el fin de esta tendencia. Es evidente la dificultad que entraña semejante cambio en el paradigma educativo, pues la gente educada en la filosofía de la indagación empezaría a cuestionarse muchas de las respuestas inamovibles dadas por la política y la religión, que desde luego utilizarían todo su poder para evitar dicho cambio.     

En la escuela activa no importa que los niños se equivoquen, no están allí para ganar o perder sino para aprender y cooperar, para desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales. Lejos de imponer determinadas reglas y conductas, los maestros son acompañantes de los niños en su proceso de aprendizaje, respetando su ritmo e intereses. Nadie suspende ni es castigado, pues la meta no es el resultado sino el proceso, de hecho se alienta el error, pues no es posible llegar a un descubrimiento si no se avanza a través de un proceso caótico de pruebas y errores. Hay una preciosa anécdota que lo explica perfectamente: un periodista le pregunta a Thomas Edison cómo se siente después de fracasar mil veces en su intento de crear la bombilla, él contesta: «No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla». El aprendizaje nace de la pregunta, de la indagación, no de una respuesta ya dada en un orden igualmente dado. No es memorizando respuestas como aprendemos sino buscándolas. Si los niños estudian no para aprender sino para conseguir buenas notas o pasar los exámenes, asimilarán que lo importante en la vida no es vivirla sino alcanzar un resultado, y que el premio y la felicidad se encuentran tras ese resultado (ya sea una buena calificación, un buen coche, una buena casa, una buena suma de dinero…), aunque para ello tengan que perder la dignidad engañando, robando, especulando. De esta manera el tener se convierte en algo más importante que el ser. En vez de tener para vivir viven para tener, y cuanto más tienen más se alejan de sí mismos, un círculo vicioso que no hace sino acrecentar el miedo y la inseguridad. No se les ha enseñado que el premio es vivir la vida, y que la felicidad se encuentra en el proceso mismo de vivir y no en el resultado de un proceso.

Hay que entender que nuestro raciocinio es el producto de millones de años de evolución. No salimos de las cuevas leyendo libros ni siguiendo pautas establecidas de antemano, sino explorando, experimentando, indagando. Los orígenes de la lógica teórica y de nuestra civilización moderna, tal como la entendemos, se lo debemos a los primeros filósofos atenienses de la antigua Grecia, cuyo sistema de pensamiento estaba basado en el replanteamiento y la pregunta, no en la respuesta. El rápido avance de la ciencia y las humanidades no hubiera sido posible sin ellos. De hecho, los mayores retrocesos de la historia humana ocurrieron precisamente cuando se impusieron y oficializaron por instituciones políticas y religiosas determinados dogmas y respuestas «incuestionables». En contraste a la escuela convencional, un micromundo enfocado únicamente en la respuesta y el resultado, el mundo exterior con todos sus ámbitos laborales está orientado normalmente hacia la indagación y la cooperación. ¿De qué otra manera podría funcionar la estructura social? No obstante las consecuencias de la educación convencional dejan tras de sí un rastro de dolor y caos muchas veces intolerable, y que fácilmente puede palparse en todos los aspectos sociales. La escuela libre potencia en los niños sus capacidades intelectuales y emocionales y los prepara para integrarse eficazmente en el mundo laboral, enriqueciendo y fortaleciendo la propia estructura social.