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La imperfección del capitalismo

Enrique Arias Vega  |  15 de Agosto de 2014 (00:00 h.)
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Ahora que tanto se critica aquí a la democracia, en general, y a la nuestra, en particular, debo recordar que nací en 1943 en un país muy pobre, retrasado y miserable que se llamaba España. Al pueblo de mi madre no llegaron el agua corriente y la electricidad hasta finales de los años 50.

El desarrollo económico comenzó durante la dictadura de Franco, en la década de 1960. Pero a los ciudadanos nos seguía faltando lo más importante de todo: la libertad. El desarrollo económico y las libertades políticas resultaron compatibles, aunque desde ópticas bien distintas, gracias a personajes como Felipe González y José María Aznar, claves en la historia de este país.

Todo esto viene a cuento de las críticas a la Casta, al Sistema o al Capitalismo… que, según algunos programas políticos, nos privan de libertad y nos mantienen en la miseria, por lo que hay que poner patas arriba las reglas de convivencia establecidas.

¡Dios! Algunos de estos programas, como el de Podemos, me recuerdan casi literalmente, más que al leninismo —que también, como mecanismo de acceso al poder—, al programa de la Falange de Primo de Rivera, en 1933, de acabar con los partidos, las elecciones burguesas, la banca y otras instituciones oligárquicas. ¡Menudo invento tan trasnochado!

Lo malo de los regímenes nacidos al socaire de esas ideas es que siempre han conseguido menos libertad y menos progreso para quienes los han padecido. Y, sin referirme a los fascismos, ya derrotados en su día, recordemos que en los regímenes comunistas de Este de Europa la mayor obsesión de sus súbditos era cómo poder escapar de ellos.

No se trata, pues, de sustituir la democracia —y el capitalismo que la sustenta— por el estatismo que aún se mantiene en dictaduras pintorescas, desde Zimbabue hasta Corea del Norte, sino de perfeccionar el sistema capitalista, generador de riqueza. Lo cierto es que, se quiera reconocerlo o no, es el único sistema que ha demostrado ser capaz de regenerarse y corregir sus excesos desde el interior de sí mismo. Como dijo en su día Winston Churchill, “la democracia no es un buen sistema de Gobierno, pero es que todos los demás son mucho peores que él”.